miércoles, 23 de septiembre de 2015

El secuestro del San Luis Club


El secuestro del San Luis Club
Por: Simón el Pescador alias el Tropiteacher

Ubicado en la frontera de Perropolis (roma sur) con la doctores desde hace 75 años encontramos este mítico tugurio que comparte nombre con la calle donde está ubicado.
Las crónicas hipster lo describen como un dance hall de aire retro sofisticado, con luces carmesí difuminadas y cortinas velvet, pero haciéndole justicia a nuestro mal trecho y desvencijado idioma castellano, el lugar debería ser descrito como un vetusto y antediluviano salón de baile con focos rojos de tlapalería y cortinas de terciopelo.

Antes de que este santuario de la ficha, el tacón dorado, la cumbia rasposa y el desamor apareciera en el radar hipster cuando todavía no se usaban en la lengua castellana palabras como; trendy, cool, kitsch, retro y hipster. El San Luis club fue durante décadas la fortaleza de la soledad de los marginados, los autóctonos, los agropecuarios, los prehispánicos, los rotos, los necesitados, los menesterosos, los indigentes y los humildes.

Todo el glamour y esplendor de este tugurio que ostenta a la entrada un letrero que lo autodenomina como "el lugar romántico de México" fue construido gracias a las quincenas de la clase trabajadora que hoy en día conocemos como Godínez y décadas atrás eran conocidos como Gutierritos y a las divas de alquiler que han hecho de la industria de la ficha un oficio duradero y longevo.
La primera vez que visite este santuario salsero y cumbianchero fue en 1990 cuando mi acelerada e impaciente pubertad me catapultó al metro noventa y uno de estatura y los dos hemisferios de mi cara se llenaron de pelos, cuando el rap y la música dance sonaban en antros fresas y a nadie le daba pena decir que era rapero, el rock en tu idioma vivía su época de esplendor, lo más avanzado en tecnología eran los teléfonos para carro con una antena inmensa pegada a la defensa y uno podía embriagarse a sus anchas y sin restricciones antes que los incompetentes y corruptos perredistas echaran a perder esta ciudad con sus alcoholímetros y sus mojigaterías.

Desde aquellos lejanos años el San Luis generaba morbo y expectación a todos los asistentes, y resultaba una muy buena opción para irse a empedar con poco dinero y de paso aprender a bailar bajo la tutela de una experimentada fichera. Los espejos en la pared siempre lo han hecho verse más grande de lo que realmente es, y las cortinas siempre hacían juego con los vestidos de las damas de compañía, la cerveza era realmente barata y el apestoso y corriente Bucardi costaba menos que el salario mínimo, era como lo describía el déspota y arrogante Azcárraga Milmo "un ron para jodidos".
En épocas más remotas a la mía el lugar era frecuentado por artesanos de la construcción, carretoneros, oficinistas de baja ralea y uno que otro vividor. Los imberbes y culicagados hipsters de hoy en día lo describen como un lugar cómico, mágico, musical e instrumental, para tráileros y ficheras, con actitud Mario Almohada.
Lo que ignora la mayoría de los iletrados y desinformados ninelitos hipsters y las guerevers oxigenadas es que los operadores de tráiler están más próximos a la música norteña, la banda y el mariachi y no son tan apegados a la salsa y a la cumbia.

9,125 días después de mi primera visita el San Luis Club se sigue viendo igual por dentro y por fuera porque estoy seguro que el dueño no le ha invertido un peso en mantenimiento, pero el ambiente ya no es el mismo de antes, desde la colonización de los hipsters pachecos de perro-polis y el descubrimiento de vida nocturna más allá de Polanco por parte de los yuppies, el San Huicho ya se volvió un lugar caro que trata de mantener un folclor que ya dejo de ser espontaneo y ahora es prefabricado, es como si Chabelo se pusiera botox.
El neo mirreyismo hipsteril entra asombrado al San Luis porque no tienen que pagar cover, y creen que están posando como extras en una película de ficheras, a algunos les excita el morbo de estar en un lugar para nacos, a otros se les encoge el pantalón de ver a las ficheras bailar con vestido, otros tantos entran con su jeta de galancillo sabatino de parque y hasta se les hace barato pagar 700 pesos por una cubeta de chelas ( a los clientes de antaño como su servidor que éramos asiduos parroquianos de este lugar se nos hace un robo en despoblado porque antes del secuestro hipsteril pagábamos 350 pesos por la misma cubeta). Hay alguno que otro mirrey despechado que entra a emborracharse con una prisa demente pensando que las ficheras en cualquier rato se encueran, porque obviamente ignoran que ese no es el trabajo de una fichera sino más bien de una stripper.

En sus días pasados de gloria las damas de compañía y las embajadoras del tacón dorado usaban pronunciados escotes y diminutas faldas para atraer a su clientela, y venderle un rato de compañía a los matusalenicos solitarios que iban a gastarse el dinero de su jubilación ahí. 




Ahora las ficheras solo se distinguen de las demás clientes por traer vestidos, y alguno que otro cliente saturado de los elixires de Baco confunde a las clientas fresas con las obreras de la pista si se les ocurre entrar de falda o de vestido al lugar, 9125 días antes de esta crónica las únicas mujeres que entraban al San Luis eran las que trabajaban ahí o las que entraban a grito limpio a sacar a sus maridos de los pelos , muy rara vez se veía a una mujer cliente entre los asistentes y era casi impensable ver a un extranjero ahí y a nadie le interesaba sacar fotos del lugar, los indeseables, los rupestres, los silvestres, los suburbanos, los agropecuarios, los clandestinos y los aventureros nos conformábamos con emborracharnos con pocos pesos y curarnos el mal de amores en la pista de baile. Nuestro paso por el recinto pasaba desapercibido y lo único que nos recordaba nuestra visita era la cruda del día siguiente.

En esta época de exhibicionismo digital y de hashtageo exponencial una visita al San Luis equivale a likes en Instagram, Facebook o Twitter, y una charla con otros mirreyes sobre los encantos de la música guapachosa que escucha el lumpen.
Antaño una visita a este lugar era diversión pura y dura al estilo de los indeseables y de los marginales, era un pasaporte a un sub mundo que generaba encanto por ser clandestino. La época digital , el Caralibro y la colonización hípster de perropolis (Roma Sur) sacaron al San Luis Club del oscurantismo y la clandestinidad. Para los habitantes del Nuevo Mirreino (Bosques) y el Viejo Mirreino (Reforma y Palmas)  este antro esta en Roma Norte, para los que viven en Mordor Godínez o en el centro Perropolis es Roma Sur.  



Para todos aquellos que vivimos la época prehipster del San Luis Club estar de regreso ahí es como ver el remake de una película con otros protagonistas  nuevos extrañando los detalles de la original, para los hípsters nalgas meadas, los mirreyes peñabots, las guerevers oxigenadas y los extranjeros despistados una primera visita al San Luis Club les va a parecer una experiencia inigualable y digna de Feisbukear en tiempo real. Un detalle que todavía denota los últimos rasgos de decencia por parte de los propietarios es que si le invitas un trago a alguna fichera te lo cobran al precio que está en la carta y no más caro, como en encueraderos bandidos como el Tahití o Cadillacs. 

Si uno tiene ganas de escaparse de los antros de música de DJ entachado, del Pop envaselinado del Joy, del Indie para adolescentes deprimidos con malos cortes de pelo del Imperial o de estar ensardinado con 300 alternaquitos hediondos en el Pata Negra, este recinto de baile es la mejor opción.

El secuestro del San Luis Club por parte de los hipsters le robo su autenticidad al lugar, es la caída de la fortaleza de la soledad, de los apestados, los renegados, los desadaptados y los náufragos urbanos. La ironía suprema del asunto es que el junior añora divertirse como jodido y el jodido pues ya se judío porque el que era su antro ya no le pertenece más y tiene que emigrar hacia otros antros. La historia nos enseña que cuando un hípster y un mirrey se quieren divertir como jodidos terminan por apoderarse del antro desterrando a los nativos del lugar como muestra tenemos las Catacumbas en el centro donde la atracción principal era ver a los meseros vestidos como monjes, y una vez que los Hernán Mirrey Cortez le echaron el ojo el lugar se perdió, La Perla en el centro también corrió la misma suerte y el Billar Américo ahora convertido en el Mala Fama.  

Hacia donde se dirigirá la conquista yuppie mirreyista y la colonización hipster una vez que Perropolis (colonia roma) les aburra porque les resultara demasiado mainstream?, Cuanto tiempo más estarán a salvo santuarios urbanos como El Balalaika, El Rey, o La Maraca?


5 comentarios:

  1. Jajajaja muy buen post, yo vivo en Perropolis y siempre pensé que el San Luis Club era un table, siempre me he querido meter pero me da miedo, no me pasa nada si voy? si llevo tacones dorados me sacan a bailar ?

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    1. Hace 9125 dias era muy dificil que una clienta entrara al San Luis Club, si te gusta el Arrabal Mix y sacarle brillo a la pista, ve con tus cuates y te vas a divertir, lo corriente da ambiente y entre mas corriente mas ambiente

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