El secuestro del San Luis Club
Por: Simón el Pescador alias el Tropiteacher
Ubicado en la frontera de Perropolis (roma sur) con la
doctores desde hace 75 años encontramos este mítico tugurio que comparte nombre
con la calle donde está ubicado.
Las crónicas hipster
lo describen como un dance hall de aire retro sofisticado, con luces carmesí
difuminadas y cortinas velvet, pero haciéndole
justicia a nuestro mal trecho y desvencijado idioma castellano, el lugar debería
ser descrito como un vetusto y antediluviano salón de baile con focos rojos de tlapalería
y cortinas de terciopelo.
Antes de que este santuario de la ficha, el tacón dorado, la
cumbia rasposa y el desamor apareciera en el radar hipster cuando todavía no se usaban en la lengua castellana
palabras como; trendy, cool, kitsch,
retro y hipster. El San Luis club
fue durante décadas la fortaleza de la soledad de los marginados, los autóctonos,
los agropecuarios, los prehispánicos, los rotos, los necesitados, los
menesterosos, los indigentes y los humildes.
Todo el glamour y esplendor de este tugurio que ostenta a la
entrada un letrero que lo autodenomina como "el lugar romántico de México" fue construido gracias a las
quincenas de la clase trabajadora que hoy en día conocemos como Godínez y
décadas atrás eran conocidos como Gutierritos y a las divas de alquiler que han
hecho de la industria de la ficha un oficio duradero y longevo.
La primera vez que visite este santuario salsero y
cumbianchero fue en 1990 cuando mi acelerada e impaciente pubertad me catapultó
al metro noventa y uno de estatura y los dos hemisferios de mi cara se llenaron
de pelos, cuando el rap y la música dance sonaban en antros fresas y a nadie le
daba pena decir que era rapero, el rock en tu idioma vivía su época de
esplendor, lo más avanzado en tecnología eran los teléfonos para carro con una
antena inmensa pegada a la defensa y uno podía embriagarse a sus anchas y sin
restricciones antes que los incompetentes y corruptos perredistas echaran a
perder esta ciudad con sus alcoholímetros y sus mojigaterías.
Desde aquellos lejanos años el San Luis generaba morbo y expectación
a todos los asistentes, y resultaba una muy buena opción para irse a empedar
con poco dinero y de paso aprender a bailar bajo la tutela de una experimentada
fichera. Los espejos en la pared siempre lo han hecho verse más grande de lo
que realmente es, y las cortinas siempre hacían juego con los vestidos de las
damas de compañía, la cerveza era realmente barata y el apestoso y corriente Bucardi
costaba menos que el salario mínimo, era como lo describía el déspota y
arrogante Azcárraga Milmo "un ron
para jodidos".
En épocas más remotas a la mía el lugar era frecuentado por
artesanos de la construcción, carretoneros, oficinistas de baja ralea y uno que
otro vividor. Los imberbes y culicagados hipsters
de hoy en día lo describen como un lugar cómico, mágico, musical e
instrumental, para tráileros y ficheras, con actitud Mario Almohada.
Lo que ignora la mayoría de los iletrados y desinformados
ninelitos hipsters y las guerevers
oxigenadas es que los operadores de tráiler están más próximos a la música
norteña, la banda y el mariachi y no son tan apegados a la salsa y a la cumbia.
9,125 días después de mi primera visita el San Luis Club se
sigue viendo igual por dentro y por fuera porque estoy seguro que el dueño no
le ha invertido un peso en mantenimiento, pero el ambiente ya no es el mismo de
antes, desde la colonización de los hipsters
pachecos de perro-polis y el descubrimiento de vida nocturna más allá de Polanco
por parte de los yuppies, el San Huicho
ya se volvió un lugar caro que trata de mantener un folclor que ya dejo de ser
espontaneo y ahora es prefabricado, es como si Chabelo se pusiera botox.
El neo mirreyismo hipsteril entra asombrado al San Luis
porque no tienen que pagar cover, y creen que están posando como extras en una película
de ficheras, a algunos les excita el morbo de estar en un lugar para nacos, a
otros se les encoge el pantalón de ver a las ficheras bailar con vestido, otros
tantos entran con su jeta de galancillo sabatino de parque y hasta se les hace
barato pagar 700 pesos por una cubeta de chelas ( a los clientes de antaño como
su servidor que éramos asiduos parroquianos de este lugar se nos hace un robo
en despoblado porque antes del secuestro hipsteril pagábamos 350 pesos por la
misma cubeta). Hay alguno que otro mirrey despechado que entra a emborracharse
con una prisa demente pensando que las ficheras en cualquier rato se encueran,
porque obviamente ignoran que ese no es el trabajo de una fichera sino más bien
de una stripper.
En sus días pasados de gloria las damas de compañía y las
embajadoras del tacón dorado usaban pronunciados escotes y diminutas faldas
para atraer a su clientela, y venderle un rato de compañía a los matusalenicos
solitarios que iban a gastarse el dinero de su jubilación ahí.
Ahora las ficheras solo se distinguen de las demás clientes
por traer vestidos, y alguno que otro cliente saturado de los elixires de Baco
confunde a las clientas fresas con las obreras de la pista si se les ocurre
entrar de falda o de vestido al lugar, 9125 días antes de esta crónica las únicas
mujeres que entraban al San Luis eran las que trabajaban ahí o las que entraban
a grito limpio a sacar a sus maridos de los pelos , muy rara vez se veía a una
mujer cliente entre los asistentes y era casi impensable ver a un extranjero ahí
y a nadie le interesaba sacar fotos del lugar, los indeseables, los rupestres,
los silvestres, los suburbanos, los agropecuarios, los clandestinos y los
aventureros nos conformábamos con emborracharnos con pocos pesos y curarnos el
mal de amores en la pista de baile. Nuestro paso por el recinto pasaba
desapercibido y lo único que nos recordaba nuestra visita era la cruda del día
siguiente.
En esta época de exhibicionismo digital y de hashtageo
exponencial una visita al San Luis equivale a likes en Instagram, Facebook o
Twitter, y una charla con otros mirreyes sobre los encantos de la música
guapachosa que escucha el lumpen.
Antaño una visita a este lugar era diversión pura y dura al
estilo de los indeseables y de los marginales, era un pasaporte a un sub mundo
que generaba encanto por ser clandestino. La época digital , el Caralibro y la colonización
hípster de perropolis (Roma Sur) sacaron al San Luis Club del oscurantismo y la
clandestinidad. Para los habitantes del Nuevo Mirreino (Bosques) y el Viejo
Mirreino (Reforma y Palmas) este antro
esta en Roma Norte, para los que viven en Mordor Godínez o en el centro Perropolis
es Roma Sur.
Para todos aquellos que vivimos la época prehipster del San
Luis Club estar de regreso ahí es como ver el remake de una película con otros
protagonistas nuevos extrañando los
detalles de la original, para los hípsters nalgas meadas, los mirreyes
peñabots, las guerevers oxigenadas y los extranjeros despistados una primera
visita al San Luis Club les va a parecer una experiencia inigualable y digna de
Feisbukear en tiempo real. Un detalle que todavía denota los últimos rasgos de
decencia por parte de los propietarios es que si le invitas un trago a alguna
fichera te lo cobran al precio que está en la carta y no más caro, como en
encueraderos bandidos como el Tahití o Cadillacs.
Si uno tiene ganas de
escaparse de los antros de música de DJ entachado, del Pop envaselinado del
Joy, del Indie para adolescentes deprimidos
con malos cortes de pelo del Imperial o de estar ensardinado con 300
alternaquitos hediondos en el Pata Negra, este recinto de baile es la mejor opción.
El secuestro del San Luis Club por parte de los hipsters le robo su autenticidad al
lugar, es la caída de la fortaleza de la soledad, de los apestados, los
renegados, los desadaptados y los náufragos urbanos. La ironía suprema del
asunto es que el junior añora divertirse como jodido y el jodido pues ya se judío
porque el que era su antro ya no le pertenece más y tiene que emigrar hacia
otros antros. La historia nos enseña que cuando un hípster y un mirrey se quieren divertir como jodidos terminan por
apoderarse del antro desterrando a los nativos del lugar como muestra tenemos
las Catacumbas en el centro donde la atracción
principal era ver a los meseros vestidos como monjes, y una vez que los Hernán
Mirrey Cortez le echaron el ojo el lugar se perdió, La Perla en el centro también corrió la misma suerte y el Billar Américo ahora convertido en el Mala Fama.
Hacia donde se dirigirá la conquista yuppie mirreyista y la colonización hipster una vez que Perropolis (colonia
roma) les aburra porque les resultara demasiado mainstream?, Cuanto tiempo más estarán a salvo santuarios urbanos
como El Balalaika, El Rey, o La Maraca?


Excelente artículo
ResponderBorrarMuchas gracias
BorrarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
BorrarJajajaja muy buen post, yo vivo en Perropolis y siempre pensé que el San Luis Club era un table, siempre me he querido meter pero me da miedo, no me pasa nada si voy? si llevo tacones dorados me sacan a bailar ?
ResponderBorrarHace 9125 dias era muy dificil que una clienta entrara al San Luis Club, si te gusta el Arrabal Mix y sacarle brillo a la pista, ve con tus cuates y te vas a divertir, lo corriente da ambiente y entre mas corriente mas ambiente
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